martes, 10 de marzo de 2009

Walden en el ajusco por Lydiette Carrión




Hace unos días vi una maravillosa película sobre la vida de Bobby Sands, un miembro del ERI(*) que estuvo alrededor de 90 días en huelga de hambre, antes de morir, en protesta porque Inglaterra no reconocía a los miembros encarcelados del ERI como presos políticos.

Una de las secuencias finales revive la pubertad de Bobby, cuando era miembro del equipo de atletismo a campo traviesa de su escuela. Recrea cómo, en medio de la maravilla de la naturaleza, fue tocado (o por lo menos eso sintió él) por algo más trascendente que lo inmediato.

Estaba sudoroso, jadeante, en medio del bosque. Y de pronto, el ruido de adentro se calló y escuchó con lucidez la vida alrededor.

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Cuando leí Into the wild, libro basado en la historia de Alex Supertramp, me dejó el deseo inextinguible de asomarme a las odiseas de Alaska. E intuí el impulso de Alex – Chris, su verdadero nombre—de perderse para siempre de la faz de la tierra censada, con trabajos, escuelas, dinero, expectativas, relativa seguridad. Alex dio la espalda al mundo, inspirado siempre en la desobediencia civil y el amor por el bosque de Henry David Thoreau (Walden).

Algunas veces he sentido eso cuando trotocon mi perro, en los bosques que agonizan a la orilla de la ciudad. Y veo, desde lo alto, el barullo, el polvo, la belleza de ese monstruo. Y deseo, muchas veces, simplemente seguir caminando y perderme en el frío y las humedades. Hay veredas tan bellas, tan salvajes, que me cuesta trabajo creer que estoy a una hora a pie del estacionamiento, los bebedores de cerveza, el auto.

Pero el Ajusco no es Alaska. Si continúo el camino, en un par de horas llegaré al siguiente tramo carretero. Tal vez me encuentre un malandrín o dos.


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A pesar de que mi Walden personal es acotado --unos 10 kilómetros de vereda segura a 15 minutos de la carretera—hay pedazos de mi alma que continúan viajando por el lado salvaje. Mi Walden personal viene a cuento porque en los últimos meses ha ido cobrando una fuerza que yo creía enterrada, desde que cumplí 20 años.

La crisis me ha despojado de las cosas que me han entretenido en los últimos años. El lado salvaje se renueva. Parece que lo que era importante ayer, hoy ha sido simplemente una medida para olvidarme de la fuerza de los bosques: los bosques de afuera, pero, más importante, los bosques de adentro. Y eso asusta y gusta a la vez. Me pregunto, ¿le pasará a los otros? Lo que sí me queda claro: hay algo, hay algo en los bosques...

(*) Es importante entender al ERI dentro de su contexto histórico

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