domingo, 19 de abril de 2009

Los presos políticos, en peores condiciones hoy que en la época de Díaz Ordaz: Gilly


Fuente La jornada

Blanche Petrich

Cuatro integrantes del Comité Libertad y Justicia para Atenco –el politólogo Adolfo Gilly, los actores Julieta Egurrola y Bruno Bichir, así como Odisea Valenzuela, trombonista del grupo Los de Abajo (latin ska y tropipunk)– llegaron ayer hasta la puerta metálica del penal de Molino de Flores, en Texcoco, listos para una visita solicitada con semanas de anticipación. Adentro los esperaban los nueve presos políticos de Atenco que siguen recluidos ahí. Era, simplemente, una visita de solidaridad. Nunca se produjo.

Una vez más, las autoridades penitenciarias del estado de México cerraron el paso. No valió ninguna gestión, ningún argumento. No lo permite el reglamento, fue la última palabra, tajante, del subdirector de Readaptación en la entidad, Miguel Ángel Estrada, ante los razonamientos de Gilly.

El profesor universitario denunciaría más tarde: hoy las condiciones carcelarias de los presos políticos mexicanos son peores que en los años represivos de Díaz Ordaz y Echeverría. No basta con luchar por su liberación; hay que luchar por sus derechos inalienables a tener visitas, a recibir libros sin restricciones, a la información, al libre movimiento, reunión y expresión dentro de la prisión.

La comisión iba acompañada de una nutrida caravana del movimiento popular atenquense, de los adherentes de la otra campaña y varios ex presos políticos de ésta y otras luchas: Pedro Reyes, Héctor Cerezo, Héctor del Valle y dos de las mujeres que fueron violadas durante el operativo de San Salvador Atenco, hace tres años, Edith Rosales (liberada hace pocos meses) e Italia Méndez.

Con semanas de anticipación el comité tramitó la solicitud para ingresar al penal. Los funcionarios de Readaptación Social del estado de México tuvieron desde entonces la lista de los visitantes y de los presos que iban a ver: Alejandro Pilón Zacate, Inés Rodolfo Cuéllar, Narciso Arellano, César Espinoza Ramos, Óscar Hernández Pacheco, Juan Carlos Estrada Cruces y Édgar Morales Reyes.

Ellos purgan una sentencia de casi 35 años por el supuesto delito de secuestro equiparado, el mismo expediente que generó para otros tres presos –Ignacio del Valle, Felipe Álvarez y Héctor Galindo– sentencias de hasta 112 años, en el penal de máxima seguridad del Altiplano.

Pero apenas unos días atrás, las autoridades penitenciarias denegaron el permiso de acceder al penal, argumentando que los sábados, día de visita ordinaria, se deben tomar medidas de seguridad.

Gilly quiso saber más. Se acercó al portón cerrado y se asomó por la mirilla. Desde el interior se acercó el mismo Miguel Ángel Estrada. El intelectual, quien además ha sido preso político, y el jefe de los carceleros dialogaron.

El primero insistía en pedir explicaciones por tanta dureza en el trato a los prisioneros. Estrada esgrimía, una y otra vez, el rígido código normativo de las prisiones mexiquenses, que permite que determinados presos reciban visitas únicamente de sus familiares directos y sus abogados defensores, nadie más.

“Usted no tiene por qué saberlo –decía Gilly, persuasivo–, pero yo fui preso político, seis años. Y en prisión, en Lecumberri, escribí un libro. Porque a los presos políticos de aquellos años no nos restringían derechos como el de la lectura, la educación, la escritura, la reunión y las visitas.”

También quería saber si, hechos nuevamente los trámites de la visita y seleccionado algún otro día que no fuera de visita ordinaria, le permitirían entrar. Porque a mí, como profesor, me interesa mucho la educación. Precisamente, llevaba en el morral, para regalarle a los presos, su libro más reciente: Felipe Ángeles en la Revolución.

Intransigente, Estrada respondió sin comprometerse: hagan la solicitud. La valorará el consejo interno disciplinario. Ya veremos. Nada más. Prisión a piedra y lodo para los atenquenses, igual que desde que fueron apresados en el violento operativo policiaco del 3 de mayo de 2006.

Hace un mes, exactamente, otras personalidades del Comité Libertad y Justicia para Atenco, los obispos Samuel Ruiz y Raúl Vera y el sacerdote Miguel Concha, intentaron también visitar a los tres presos del Altiplano. Tampoco se les permitió el acceso.

En el mítin que se organizó en la explanada frente a la prisión, Julieta Egurrola, la actriz activista que participa en múltiples movimientos populares, denunció la cerrazón de las autoridades y aseguró que, pese a todo, la campaña por la libertad de los atenquenses ha crecido.

Hoy cuenta con la adhesión de 130 organizaciones de 20 estados, además de las internacionales. La campaña la encabezan, además de los que ayer estuvieron en Texcoco, los obispos Samuel Ruiz y Raúl Vera, Ofelia Medina, Manu Chao, Francisco Toledo y varias decenas más de artistas, intelectuales, músicos, pintores y defensores de derechos humanos.

Bruno Bichir aseguró: Pese a este revés, no vamos a cejar. Vamos a insistir, vamos a presionar, vamos a crecer. Cada vía más compañeros van a unir sus voces a este reclamo.

Y Gilly recordó que grandes creadores de México escribieron libros trascendentes desde la prisión, como David Alfaro Siqueiros y José Revueltas, entre otros.

El mismo Gilly escribió en Lecumberri –donde estuvo preso seis años, a partir de 1966– uno de sus libros más editados, La revolución interrumpida. El académico llamó a todas las fuerzas progresistas de México –de izquierda, de centro, socialistas, cristianos, gente de los partidos políticos– a sumarse a la causa por la libertad de los presos políticos. Cuando salgan, nos quitaremos todos una gran piedra de encima. Y eso liberará una enorme energía para la lucha social.

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