martes, 12 de mayo de 2009

De lentejas y Best Sellers

Por Pilar Rivero

Tras leer la reseña del libro Derecho de réplica en el que, en una combinación del estilo narrativo directorio telefónico – novela policiaca gringa de la década de 1950, Carlos Ahumada relata una sucesión de nombres y actividades, dignas de de las más siniestras mentes criminales, uno se queda con una sensación que no logra definir sino hasta pasados un par de días… risa…

Pero no risa de este pronosticado Best Seller, sino risa de uno mismo, qué más nos queda, es mejor reír que llorar… porque definitivamente nadie optará por pedirle su renuncia a más de uno de esos funcionarios citados (y de quienes se está totalmente seguro que es justo su nombre inscrito en ese panegírico a la desvergüenza).

El señor Ahumada dice que tenía una deuda millonaria, de tantos millones que uno no sabe si se está hablando de dinero o de lentejas, que estaba siendo extorsionado y que un buen samaritano prometió tenderle una mano ‘amiga’, acordando que el precio del big brother costaría la friolera de exactamente y para no fallar, lo que el sufrido empresario debía.

Y aquí vemos a cientos, no, miles de mexicanos cambiando de página en esta novela de intrigas y traiciones, por la que dejaron de lado, al menos por un ratito el TV y Novelas y a Harry Potter. Eso sí, por estas grabaciones el señor Ahumada no consiguió más que la mísera cantidad de 35 millones, sí, sí, de pesos, no de lentejas, claro con esa bicoca solo le alcanzaría para un par de zapatos de los baratitos, no vaya a creer el asiduo lector que eran de marca. Lo tranquilizador para el novel escritor y para sus fans, es que de seguro con la venta de tan enriquecedor libro, podrá completar los 300 y tantos millones de pesos que le faltan para poder dormir a pierna suelta.

Y aquí es donde la risa ya es carcajada. ¿Pero a quién carajos le importa todo esto? Claro que a nosotros, y parafraseando al celebérrimo Chapulín Colorado, que sería el único que nos podría defender: ‘¡Qué no panda el cúnico!’

La verdad es que a mí no me importa mucho si Enrique el Hermoso Copetes, se guardó en las bolsas de los pantalones 10 millones para pagar los servicios del escritor de día, camarógrafo de noche y caradura de tiempo completo, mientras que los otros zombis salinistas se dividieron los otros 25 millones de pesos, no de lentejas, en los calcetines o debajo de los dientes.

Aquí lo realmente preocupante es que toda esta ida y venida de dinero, nombres y ofensas se hacen a nuestras costillas. Si el señor Ahumada debía, debe o deberá, y si la causa es la extorsión o lo que mejor le venga, no debería ser más que su problema. Pero resulta que en ninguna línea de su apologética novela, nos ofrece una disculpa por creer que podía pagar sus deudas con nuestro dinero. Porque a estas alturas, no parece muy claro si el lector ha reparado que la deuda, y los ofrecimientos monetarios de los mecenas, y aún los miserables 35 millones de pesos que solo pudo rescatar este hombre, salieron de la rasurada con la que anualmente la Secretaría de Hacienda nos recuerda que los impuestos nos dan derecho de piso, para disfrutar las mieles de pertenecer a esta sociedad altruista.

Y es que el señor este resultó bien vivo, o de los impuestos o de la venta de libros, el caso es que a chaleco nos toca financiar su linda sonrisa. ¿Cuántos años más mantendremos a toda esta raza de políticos de pacotilla? Pues suficientes, si ahora ya hemos ampliado los horizontes de nuestra caridad, y sufragamos a la iniciativa privada, y si es de ojo azul y pasaporte extranjero, pues mejor.

No importa cuántos nombres más haya inscritos en esas páginas, la risa no aumenta ni disminuye, y sí, el cúnico pande en serio, porque entre la película hollywoodense donde el Armagedón disfrazado de catarro nos ha confinado a nuestras casas, y el crimen organizado que a modo de la Reina de Corazones en Alicia en el país de las Maravillas, se dedica a cortar cabezas, y lo que se le atraviese, nosotros estamos en una especie de shock colectivo, donde los que cerraron los ojos a tiempo se han dedicado a tomar ventaja de nuestro aletargamiento…

Y si mañana nos topamos en el restaurante a alguno de estos afamados funcionarios y ex funcionarios, por si se les había olvidado PÚBLICOS, pediremos al camarero que nos eche una mano para poder estar más cerquita de dichos comensales y luego contarle a nuestros amigos y familiares que vamos a sitios ‘in’, a ver gente, por si no lo recordamos, bastante ‘out’. Y luego que no pregunten por qué el boom del melox y las pastillas de chiquitolina…

Anoche perdí el sueño viendo un documental en mi televisor madrileño, sobre el crimen organizado en México, preguntándome en qué momento perdimos el control sobre nosotros y nuestro país, en qué momento cedimos el derecho de piso a esta horda de pillos que día con día reciben el sueldo quincenal a nuestras expensas, por jugarle al vivo y sacarse, o en bolsitas di’ule, o en los bolsillos de los pantalones, a plena luz del día el dinero del pueblo, al que descaradamente dicen gobernar. ¿Cuánto tiempo tendría que pasar para que la sociedad mexicana volviera a ser lo que era hace apenas medio siglo?

En el documental de anoche un señor decía que el aplicaba la política del buen vecino ‘ni te veo ni me ves’. En Macondo llegó la plaga del insomnio, en México la plaga es la de la indiferencia. Asistimos al desmantelamiento del Estado, todo está a la venta, desde un cuerno de chivo, hasta el petróleo, claro, sin olvidar que el cinismo es el valor más codiciado por estos días. Porque si no cómo nos explicamos que estos bandidos disfrazados de políticos se paseen a media calle, den entrevistas, y si muy populistas se quieren ver, hasta propinen un par de pellizcos en las chorreadas mejillas de algún niño de la calle, mientras con unos pesillos de nuestros impuestos, llenan las manos de todos los que se dejen, ante nuestros atónitos y ya ni tan atónitos ojos.

En esta Navidad, el señor Ahumada podrá ser visitado por Santa Claus, gracias a los pocos millones, por desgracia no de lentejas, sino de pesos que se embolsará por su actividad literaria, sin embargo sabrá que este oficio (el de escribir) es un poco ingrato, al menos bastante más que el de ratero con pinta de empresario. Nosotros, el pueblo, recordaremos un aniversario más de Atenco, Aguas Blancas, Zongolica, o cualquier otro sitio al cual unos poquitos de esos millones de pesos, le cambiaría el rostro, para variar.

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