miércoles, 12 de agosto de 2009

HIROSHIMA Y NAGASAKI: GENOCIDIO Y MILITARIZACIÓN

Hay fechas que la especie humana no puede olvidar o normalizar, su re-memoración y reflexión colectivas son una defensa ante el avance de la ignorancia e inhumanidad. La historia se convierte así en un “arma moral” de trascendencia para detener procesos similares que puedan estarse construyendo gracias al “olvido”; una encuesta pública de hace años en Japón marcaba que la mayoría de la población pensaba que la bomba atómica había sido lanzada por la URSS.

El 6 y 9 de agosto de 1945 Estados Unidos lanzó sobre Japón un ataque con el primer uso de armas de destrucción masiva habido en nuestra especie. En marzo de 1945 ya habían bombardeado Tokio durante 6 horas con un saldo de 100 mil muertos y un millón de heridos. En este bombardeo (300 aviones y 2 mil toneladas de bombas), según datos de Marín Bosch, murió una persona de cada diez; en el de Hiroshima (una bomba de 4400 kilos, un avión) murió el 54% de la población. Según el informe del ejército de EU, lo de Hiroshima “fue 6500 veces más eficiente”. Según la ONU, en Hiroshima murieron 78 mil personas en el acto, y luego 238 mil, en Nagasaki 27 mil en el acto. Sabemos también que hasta hoy la cantidad de muertos y afectados por las radiaciones (“hibakushas”) es brutal. ¿Con qué nombre fueron bautizadas las bombas? “Niño Pequeño” y “Hombre Gordo”. No es poco lo que epistémico y moralmente hay detrás de estos nombres. Buena foto del orden social.

Está ya demostrado ampliamente que la justificación del presidente Truman sobre que esa acción era necesaria para la rendición japonesa es totalmente falsa, ya que el imperio nipón y el Eje estaban ya derrotados. Entre muchas inhumanidades, se trató de un gran experimento científico, en el primer caso con una bomba de uranio, y en el segundo de plutonio, que inauguró la era nuclear y la posibilidad cierta de la destrucción masiva de nuestra especie.

No está de más saber que el 8 de agosto del 45, un día antes de Nagasaki, se firmó el Acuerdo de Londres por EU, GB, URSS y Francia, donde se convertía a los crímenes de guerra y contra la humanidad en actos punibles por un tribunal internacional. Esa mayúscula hipocresía en esa fecha, lentamente ha ido tomando forma, a partir de la creación del Tribunal Penal Internacional en Roma y La Haya en los 90. Justamente el pasado 14 de julio este Tribunal instalado en Tanzania, acaba de condenar a Tharcisse Renazo, gobernador de Kigali, a cadena perpetua por el genocidio en Ruanda, donde en tres meses (febrero-abril del 94) los hutus mataron a 800 mil tutsis a machetazos en su mayoría. Además, en 2005, se acordó incluir a la “violación” entre los “crímenes de lesa humanidad”, ya que “como arma de guerra puede cambiar la composición étnica de una nación”.

Estas dos acciones de destrucción masiva nos remiten a un tema de fondo de la humanidad que es el genocidio; el concepto fue acuñado por el académico Rafael Lemskin después de la segunda guerra mundial, para juzgar los delitos de los nazis, y deriva de “genos”: estirpe y de “cidio”: asesinato. Se trata de la más inhumana de las acciones colectivas de la especie, pues implica aniquilar a toda una identidad humana y social (religiosa, política, étnica) en masa. Como sostiene Juan Carlos Marín, si bien se da en condiciones de guerra es un proceso distinto, pues el combate no significa el aniquilamiento del otro pero el genocidio sí; se trata además de la “acción de muchos sobre pocos”, por los diferentes grados de involucramiento y complicidad necesarios en las sociedades para que se pueda llevar a cabo.

El 2º artículo de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de la ONU (1948), asocia a éste “los actos perpetrados para destruir total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como: matanza del grupo; lesión grave a la integridad física o mental del grupo; sometimiento a condiciones de existencia que provoquen su destrucción física; impedimento de los nacimientos; traslado por la fuerza de niños del grupo a otro”. Como para cuestionarnos seriamente acerca del grado de humanidad de nuestra especie, se registran varios genocidios recientes: armenios por parte de turcos (1909-15); judíos, gitanos…por nazis (1941-45); tibetanos por chinos (50s-hoy); purgas stalinistas a disidentes en la URSS (30s-50s); camboyanos opositores por parte del Khmer Rojo (75-78); luchadores sociales y opositores argentinos, latinoamericanos por parte de las dictaduras militares en América Latina (70s-80s); indígenas guatemaltecos por las dictaduras (70s-90s); civiles de Uganda por Idi Amin (70s); población de Timor del Ese por parte de Indonesia (75-99); bosnios y kosovares por parte de serbios (92-99); tutsis por parte de hutus en Ruanda (1994); kurdos a manos de iraquíes y turcos (83-99); sudaneses del sur en Darfour a manos del gobierno fundamentalista islámico (actualmente)…

Resulta importante tomar conciencia, como enseña la historia y Marín, que los procesos genocidas inician dentro de procesos de guerra, y qué ésta tiene muchas etapas, iniciando en general por el pre-juicio o “señalamiento de cuerpos” social, y pudiendo incluso llegar a acabar en un genocidio. Por lo tanto, debemos tomar permanentemente conciencia de las etapas de estos procesos bélicos en los territorios donde habita nuestro cuerpo y luchar para detener cualquier acción inhumana del proceso de violencia social, para que no escale.

Sabemos también que la industria bélica es la segunda o tercera más redituable del mundo, por lo que el capitalismo necesita permanentemente de la creación de condiciones de guerra, desplazamiento o exterminio de población para su expansión. Los 5 países del Consejo de Seguridad de la ONU (encargado de la paz mundial) son a su vez los 5 mayores productores de armas del mundo (EU, Rusia, GB, Francia y China); el gasto militar de EU equivale casi al del resto del mundo, y 38 empresas de EU venden el 60% de las armas mundiales (Chomsky). De ahí el gran negocio que ha sido actualmente la “siembra de la inseguridad y aterrorizamiento ciudadanos”, de la militarización de la vida civil, a partir de la construcción oficial de la sobreposición de la idea de “seguridad” con la de “paz (armada)”.

En la sesión del Cabildo de Cuernavaca del pasado 2 de junio, previa a la que, gracias a una lucha ciudadana noviolenta, se aprobó suspender temporalmente la aplicación policial del artículo 129 del Bando que legaliza la “limpieza de calles” de los trabajadores de la calle, un regidor opositor citó con preocupación la declaración del ex_militar recién nombrado secretario de seguridad pública cuernavacense: “soy dentista y el jefe de interrogatorios de Hitler era dentista”; posteriormente, un regidor oficialista argumentó ante las críticas de otros a la militarización en la ciudad: “con los militares me siento más seguro”.

Por otro lado, Hiroshima y Nagasaki simbolizan también los nuevos procesos de victimización de las guerras contemporáneas: el blanco es la población civil. En la primera guerra mundial murieron 15% de civiles, en la segunda 50% y en las guerras posteriores del siglo murieron 90% de civiles frente a un 10% de soldados; la famosa frase de Truman en aquel momento fue: “tenemos el monopolio de la violencia de este tipo de armas de destrucción masiva, y no nos tiembla la mano para usarlas contra la población civil”. Como escuché a un soldado de la ONU en Bosnia: “el lugar más seguro en una guerra actual es ser militar”. Cerca de Hiroshima había una base militar grande japonesa, que ni fue tocada por la bomba. El piloto Paul Tibbets del “Enola Bay”, que lanzó la primera bomba, declaró: “Nunca hemos librado una condenada guerra…sin que matáramos inocentes…Esa es su mala suerte (de los civiles) por estar ahí”. La culpa recae entonces en la víctima, algo frecuente, en el México actual por ejemplo, en los procesos represivos o de exterminio, donde empiezan a instalarse y normalizarse en la sociedad civil pre-juicios o frases como: “por algo será”, “algo habrá hecho”, “quién le mandó estar ahí”…

Finalmente, cabe preguntarnos ¿qué relación guardan estas dos acciones de brutal inhumanidad con nuestro México actual? El desarme nuclear, promovido por ejemplo por la actual Marcha Mundial por al Paz y la Noviolencia, es un tema central para la especie humana, sin embargo en México ahora es más real de ser asociado al desarme material y jurídico policíaco-militar en cuanto a la guerra oficial desatada contra el delito organizado y la resistencia social ante la devastación por parte del gran capital de los recursos naturales comunitarios. Esta militarización de la vida civil se basa en el principio político y militar, que justifica todas las acciones de fuerza, toda guerra y aniquilamiento, y la cultura de la violencia: el fin justifica los medios. Para la construcción de la paz con justicia resulta básico el principio opuesto: los medios ya son un fin, y deben ser tan legítimos como él. Como decía Gandhi: entre los medios y el fin hay una relación tan estrecha como entre el árbol y la semilla, de una semilla podrida no puede nacer un buen árbol. Por ello, resulta tan importante luchar hoy en México para que no avance este proceso de confrontación bélica civil y militar en que nos han instalado “desde arriba”, con la permanente construcción de “chivos expiatorios” e impunidad que polarizan a toda la sociedad, con la criminalización del activismo y la resistencia civil y pacífica (casos extremos los de las inmorales condenas a los luchadores sociales de Atenco y la guerra en Chiapas), con la reproduccióin de un modelo económico de exterminio a los pobres.

Pietro Ameglio

La Jornada-Morelos

10 agosto 2009

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