sábado, 1 de mayo de 2010

TERROR Y ENCIERRO

Por Pietro Ameglio

Una ciudad de casi un millón de habitantes, sobre todo en fin de semana, en el corazón de México, sin prácticamente nadie en la calle desde la tardecita. ¿Un cráter lunar? ¿un pueblo fantasma? No, Cuernavaca el viernes 16 de abril desde la tardecita, y días después. Anteriormente lo habían sido –o lo siguen siendo- en forma similar el DF por la influenza, varias ciudades del norte y pueblos indígenas ya los son a diario desde hace meses o años. ¿Estamos normalizando en México este paisaje cotidiano? ¿Son re-creaciones de “1984” de Orwell, de “Farenheit 451” de Bradbury, de otras zonas de guerra? ¿Cómo se está construyendo esta apocalipsis urbana o rural? Intentemos, preguntarnos sólo sobre uno de estos ángulos que es el que da título al artículo, para intentar aumentar nuestra toma de conciencia acerca de este proceso.

Pareciera que la profecía gubernamental y de la clase política se está cumpliendo: “Todos somos Juárez”. La sociedad civil, en su mayoría, estamos padeciendo la realidad sin poder decir un “Ya basta”, miramos pasmados, indefensos y aterrados la construcción de este proceso social que nos corta transversalmente, al grado de ni siquiera poder proponer un lema alternativo: “Nadie quiere ser Juárez”. Este proceso creciente de control de la población y el territorio no cesa: influenza, cédula de identidad, Renaut y ahora correos electrónicos. La espiral de violencia en que nos han instalado cuenta con un mecanismo motor, que todos alimentamos continuamente, intencional o ingenuamente: la ‘siembra de la inseguridad ciudadana’. Corremos incluso el riesgo de asumir algún rol de complicidad o de silencio que ayuda a que el proceso avance: “una minoría puede tener mucho más poder que su número si la mayoría sólo la ‘observa’ sin intervenir en sus acciones, violentas por ejemplo…(se vuelve un) aliado latente” (Hannah Arendt). La misma autora nos advierte también acerca de cómo “la violencia es el último recurso para mantener intacta la autoridad (y el poder)…(pero) donde las órdenes ya no son obedecidas los medios de violencia ya no tienen ninguna utilidad”, principio muy gandhiano por cierto. Y agrega algo importante, frente a recientes planteamientos oficiales acerca de que esta situación mexicana puede durar al menos diez años: “la violencia puede justificarse pero no ser legítima. La justificación se debilita cuanto más en el futuro se pone el fin”.

De inicio, nos parece central avanzar en una hipótesis: en México actualmente estamos pasando -en el mejor de los casos- de una situación social generalizada de miedo a una de terror. Resulta importante empezar a diferenciar estas dos etapas con claridad, para contribuir, desde nuestras posibilidades, a poder detener este proceso. Señalaban las psicólogas argentinas Silvia Bleichmar y Gillou García, especialistas del tema, cómo el miedo (posterior a la angustia y el susto), es un intento del individuo por “organizar las defensas” ante una nueva situación en aras de la autoconservación, es una situación positiva que, aunque cuesta seguido reconocer su existencia, sin embargo ayuda a prolongar la propia identidad. En cambio, el gran riesgo es no evitar que este miedo pase a la etapa siguiente: el terror, una emoción donde sí se deja de pensar, el individuo se paraliza en su reflexión y culpabiliza. Allí las defensas, por el contrario, se desmantelan, y lejos de co-operar con otros individuos se cae en la lógica de que cada uno pude ser nuestro enemigo potencial, desaparece la discusión objetiva. Las experiencias no se historizan y hacen pasadas, quedan como futuro potencial permanente, se instala una continua espada de Damocles sobre la cabeza: “lo que ocurre es idéntico a lo que ocurrió en otro lado”, desaparece el análisis y la coyuntura, lo sincrónico se subsume a lo diacrónico. Para sobrevivir el individuo deja, a veces, de “ser quien es”, con serias consecuencias morales e identitarias futuras, se pueden llegar a sacrificar la vida representacional y los valores en aras de preservar la vida biológica. Podemos así reclamar la pena de muerte, la militarización de la vida civil, la presencia de escuadrones armados, la justificación de la tortura, el espionaje y la delación, cambios de marcos legales de los derechos humanos y garantías individuales, todas grandes conquistas -que muchísimo han costado sobre todo en vidas- del proceso de humanización de nuestra especie, con tal de ‘sentirnos seguros’ y ‘tener paz’.

Por otro lado, algo extremadamente peligroso de este proceso es el ‘encierro’ que se está construyendo socialmente, sea en lo físico que en lo reflexivo; no olvidemos que la primer arma de un individuo es la reflexión. No podemos pensar solos y la actual atomización social es el ingrediente básico para la propagación del terror: “Todo tipo de oposición organizada ha de desaparecer antes de que pueda desencadenarse con toda su fuerza el terror” (H. Arendt). Este encierro nos ha llevado, entre muchas cosas, a perder algo que tanto ha costado a la especie humana tener: la calle, un espacio público de encuentro, reflexión colectiva, libertad de expresión, organización entre personas y clases sociales diferentes, juego y diversión. En México cunde hoy día la frase “Ya no puedo salir de mi casa”, a la vez que crece brutalmente la criminalización de los actores sociales y trabajadores de la calle, así como la represión a las movilizaciones sociales. La paradoja ahora es que la propia autoridad promueve el salir a la calle, a la vez que asocia este proceso morelense con Juárez, habla de usar la “fuerza del estado” e inunda la calle de fuerza armada y retenes. Salir así a la calle sólo abona a sembrar más terror, así como provocar a la población diciéndonos que “sólo corren peligro quienes tienen miedo” (Gómez Mont), quitándonos una defensa fundamental en estos momentos: el tener miedo, elemento positivo como hemos señalado.

En lo más inmediato, ¿cómo se construyó este ‘desierto urbano’? En el periodo más reciente, hubo unas semanas de siembra aterrorizante de cadáveres fruto de “enfrentamiento territoriales entre bandas del delito”. Luego, dos mensajes electrónicos anónimos, donde incluso se citan sofisticadas categorías políticas como “toque de queda”, mismo que se vivió masivamente como real sin serlo. Se instala así una ‘orden’ de arriba: enciérrense en sus casas. El proceso de disciplinamiento ciudadano actúa: todos a obedecer ciegamente a la autoridad, sin distinción de clase o identidad social. Diría Piaget: “desaparece el Yo, nos fusionamos con el mundo exterior (autoridad del orden social) y asumimos los mandatos como trascendentes…sagrados”. Se nos impone un “deber ser” por la presión social (construida desde los medios y la autoridad, no desde la reflexión colectiva y el consenso).

Se reproduce la siembra del terror: las llamadas redes sociales –tan valiosas y necesarias- se convirtieron en ciertos momentos en redes de propagación del aterrorizamiento ciudadano al difundir sin reflexión o propuesta organizativa el correo anónimo o ‘buenos consejos’, todos monitoreándose por celular, autoridades presionando para que la gente y comerciantes se encerraran. ¿Y la reflexión y el consenso social? ¿quién habrá escrito el correo electrónico? ¿por qué? ¿a quién beneficia la población aterrada y encerrada, y la calle desierta? ¿por qué existió tamaña ausencia de la máxima autoridad política estatal y municipal, por qué no dieron un ejemplo cívico saliendo ambas cabezas a supervisar los operativos, durante esa noche, y a caminar por las calles?

Estamos entonces necesitando, como sociedad civil, generar espacios que rompan el encierro, lo que no significa de ninguna manera que ahora se salga ingenua e irresponsablemente; el dilema no es si salir o no a la calle, sino como reflexionar sobre lo que está sucediendo y pensar juntos qué hacer. Necesitamos imperiosamente ‘pensar colectivamente en voz alta’ (¡qué falta hacen los pocos programas ciudadanos censurados recientemente en la radio y tv del Congreso!) desde la aceptación del miedo, construir un principio de realidad más claro de lo qué está pasando con análisis objetivo y no sólo mediático, organizarnos y construir acciones donde recuperemos nuestra identidad social, los espacios públicos y la paz con justicia. Piaget planteaba con claridad el dilema epistémico-moral en que está la sociedad civil mexicana actualmente: “La gran diferencia entre la obligación y la cooperación, o entre el respeto unilateral y el respeto mutuo, es que la primera impone creencias o reglas terminadas, que hay que adoptar en bloque, y la segunda sólo propone un método, método de control recíproco y de verificación en el terreno intelectual, de discusión y justificación en el terreno moral”.

Así, a partir de re-construir una autonomía y co-operación (individual y colectiva), tendremos que construir una reflexión y pautas a seguir para no paralizarnos, reconstruir los vínculos sociales rotos, retomar la calle, humanizar a todos los actores del conflicto sin satanizarlos, presionar a las autoridades a que consensen con la sociedad y den sobre todo un enfoque social y no sólo armado a los actuales problemas, que se respeten los derechos humanos, convocar a parte de la reserva moral de nuestra sociedad (rectores, intelectuales, líderes religiosos, campesinos, indígenas, obreros…) que no se ha manifestado con la suficiente claridad y fuerza ante tamaña inhumanidad, a movilizarse públicamente y proponer soluciones humanizantes junto a la sociedad civil.

La Jornada-Morelos, 28 Abril 2010

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